martes, 15 de enero de 2013

Corrupción que rasca cielos



Alejandro Encinas Nájera

Desde hace tiempo tenía en el tintero un artículo que discurriera sobre uno los principales lastres para el desarrollo del país. Quería examinar cómo la corrupción se ha constituido como una funcional (des)ordenadora de la vida de nuestra sociedad, y en especial, analizar su incidencia en el crecimiento anárquico de nuestras ciudades, en el menosprecio del espacio público y en la depredación de los recursos naturales.

Mi interés en el tema se exacerbó tras enterarme que en la esquina de Río Churubusco y Universidad están construyendo lo que será el rascacielos más alto de América Latina. Mi primera pregunta –y seguramente la de muchos otros transeúntes– fue ¿a quién se le habrá ocurrido tal disparate? Se trata de una zona que ya de por sí está sobresaturada y que tiene problemas de abasto de agua, ambulantaje, recolección de basura y sobre todo de congestión vial, sean horas pico o no. Pero eso parece no importarle a sus desarrolladores y a las autoridades que expidieron las licencias requeridas. Su construcción implica millonarias inversiones y, por lo tanto, deduzco que millonarias ganancias. 

Mitikah, la Ciudad Viva, se inscribe en una tendencia de crecimiento urbano dizque vanguardista y cool, que consiste en deificar los ghettos para ricos. Será un rascacielos en medio de la jungla de concreto en el cual sus habitantes se sientan seguros, modernos, confiados de su éxito al saberse parte de un selecto grupo que puede acceder a ese tipo de vida en el que no se tiene que salir ni a la esquina. Cine, súper, hospital, centro de convenciones, spa, gimnasio, antro, shopping mall y hasta hotel estarán a unos cuantos pisos de distancia. Es más, no habrá necesidad de respirar el aire poluto de la ciudad, pues estos edificios “inteligentes” cuentan con un circuito cerrado en el que ni siquiera se puede abrir la ventana para orear la habitación en la mañana.

Este caso es emblemático para ilustrar un problema recurrente en el DF y el resto del país y que se resume en una palabra: corrupción. Difícilmente alguien podría desmentir que este fenómeno social se asoma cada vez que las ganancias  inmediatas de unos pocos traen como consecuencia afectaciones severas y permanentes para el resto de la sociedad. En este caso en particular, los beneficios económicos de los desarrolladores inmobiliarios (y de las autoridades cómplices), son la variable causal del deterioro en la calidad de vida de quienes habitan, trabajan o transitan en los alrededores de Mitikah.

Garret Hardin en 1968 ya lo había demostrado a través del famoso modelo de la tragedia de los comunes. Permítanme exponer en qué consiste este dilema, porque creo que representa también la tragedia de los mexicanos:

Imaginemos un pastizal cuyo uso es compartido por múltiples pastores para alimentar a su ganado. Al paso del tiempo los pastores observan que queda suficiente pasto no consumido como para alimentar aún a más animales y por lo tanto, maximizar sus utilidades individuales. Comienzan a hacerlo, pero llega el punto en que debido al incremento de ganado, el pastizal queda sobreexplotado, pues su capacidad para proveer suficiente alimento para tantos animales es sobrepasada. El desenlace es que todos los animales mueren.

La tragedia de los comunes demuestra que si todos actuáramos racionalmente para satisfacer nuestros intereses egoístas e inmediatos sin pensar a futuro y en términos comunitarios, esta conducta sería contraproducente y devastadora. Si lo que es de todos no es de nadie (espacios públicos y recursos naturales), y si no hay sentido de pertenencia y responsabilidad con los demás miembros de una sociedad, no es extraño que predominen las conductas gandayas. Así se vuelve norma que a falta de planeación urbana, la corrupción trace disfuncionalmente nuestras ciudades, se sobreexplote y dilapide la riqueza de nuestros mares y tierras y se entreguen permisos sin importar que depreden ecosistemas, dañen el patrimonio histórico, deterioren el espacio urbano o contaminen los ríos.

Mientras la corrupción fije las reglas de convivencia en nuestra sociedad, no será extraño que se sigan entregando permisos como el concedido para construir Mitikah, una mega obra en una zona de la Ciudad de México que claramente no podrá asimilar el súbito impacto. ¿Cuánto dinero, cuántos intereses no están en juego en esta construcción? ¿Recuerdan cuál fue el sector del mercado que hace un par de años a través de la especulación y la generación de burbujas e ilusiones vendidas a crédito condujo al mundo a una de las más severas crisis económicas de las que se tenga memoria?

Hay que agregar que el correlato de la corrupción es el cinismo. En el portal de Internet www.mitikah.com, se asegura que este inmueble sin duda “es la pieza clave como detonante del mejoramiento del sur de la Ciudad de México, donde se integra su arquitectura, convirtiéndose en uno de los edificios más importantes de la metrópoli”.

En México la corrupción se ha vuelto el aceite que lubrica el engranaje social. Es además  una cuestión de incentivos. Como señala Agustín Basave en Mexicanidad y esquizofrenia (Océano, 2010), mientras ser corrupto y violar la ley salga más barato que ser honesto y actuar bajo la norma, la corrupción seguirá siendo funcional y seguirá cumpliendo su papel de ordenadora de la sociedad en detrimento de un Estado de Derecho muchas veces invocado pero pocas veces aplicado. La asignatura pendiente es crear las condiciones objetivas para hacer inconveniente y contraproducente el acto ilícito.

                                                    

Régimen gatopardo



Alejandro Encinas Nájera

El oxímoron es una figura literaria que resulta de la conjugación de dos conceptos contradictorios: un instante eterno, luz oscura o ficción verdadera. Para el contexto mexicano, viene a colación uno recientemente acuñado por el historiador Lorenzo Meyer: la democracia autoritaria.  

Unos limpian la casa y otros llegan a habitarla. El primero de diciembre culminará el ciclo de gobiernos panistas. Tras la breve interrupción, el PRI estará de vuelta en Los Pinos. Pero más allá de los moradores, ¿hubo un cambio sustancial en los rumbos de México?

En una reciente entrevista para el periódico argentino Página 12, Chantal Mouffé planteó con lucidez el problema de democracias como la nuestra. Hay –afirma– elecciones pero el pueblo no puede realmente escoger entre proyectos distintos. La politóloga belga añade que la gente se ha dado cuenta que no hay diferencias entre elegir Coca Cola o Pepsi. Desde su perspectiva, “el criterio para saber si un país es democrático es si a la gente se le da la posibilidad de escoger, si tienen alternativas y no simplemente alternancia entre partidos distintos que, una vez en el poder, no hacen ninguna transformación fundamental”.

He ahí el nudo que hay que desamarrar para impedir la muerte por asfixia de nuestra democracia agonizante. No solamente se requiere que existan diversas opciones con ofertas auténticamente distintas y confrontadas, sino que prevalezcan condiciones de equidad y legalidad para que sea el voto, y solamente el voto, el factor que decida ganadores y perdedores. En otras palabras, no basta con multipartidismo; se requiere además pluripartidismo con condiciones competitivas.

En términos formales, PRI y PAN no son el mismo partido. Sin embargo, sí son el instrumento bicéfalo de los intereses que hegemonizan este país. Su grado de diferenciación es semejante al que hay entre el Partido Republicano y Demócrata en Estados Unidos. A Gore Vidal se le recuerda reiteradamente por el planteamiento según el cual “hay un sólo partido en Estados Unidos, el Partido de la Propiedad y tiene dos alas derechas: republicana y demócrata”. Crítico ácido del bipartidismo norteamericano, apuntaba que “los republicanos son un poco mas estúpidos, más rígidos, más doctrinarios en su capitalismo laissez-faire que los demócratas, quienes son más monos, más bonitos, un poco más corruptos y más dispuestos que los republicanos a hacer pequeños ajustes cuando los pobres, los negros, los antiimperialistas no se portan bien. Pero, en esencia, no hay ninguna diferencia entre los dos partidos”.

Pues bien, el mismo planteamiento podría aplicarse para el PRI y el PAN. El primero es  más corporativo, más de terreno, más populachero y por lo general, pese a su jerga y usos solemnes, tienen mejor sentido del humor. El segundo es más criollo, utiliza un lenguaje confuso y repleto de tecnicismos económicos y legales, se dan sus baños de pureza y van a misa todos los domingos. Pero en su proclividad a la política económica neoliberal, en la estrategia militar y violenta contra el narcotráfico, en el manejo clientelar de los programas sociales, y en la opacidad y corrupción con las que administran los recursos públicos, “en esencia, no hay ninguna diferencia entre los dos partidos”.

El mejor de los mundos posibles para PRI y PAN es aquél en el que cada seis o doce años se alternan en el poder, instalando de facto un bipartidismo de derechas, en el cual las izquierdas son encomendadas a ejercer un papel testimonial cuyo objetivo es dotar de bríos democráticos al régimen gatopardo.

En este esquema serían las izquierdas bien portadas, las que colaboraran en la construcción de la “unidad nacional”, las que con diligencia asumieran el rol asignado por el régimen, y que tras varias pruebas de lealtad recibieran la patente de ser “izquierdistas modernos” y el galardón entregado por los opinadores oficialistas “la izquierda que el país necesita”, los que a cambio de la claudicación merezcan dádivas y prebendas. Agustín Basave alude a aquellos líderes sindicales que, ante la imposibilidad de ganar la lucha de clases, decidieron cambiar de clase. Creo que lo mismo podría decirse de los dirigentes de izquierda que sucumban a la tentación ofertada por Peña Nieto de jugar en su cancha y con sus reglas.

La democracia mexicana se ha topado con pared. Nos introdujeron por el camino de la transición sin reparar que nos dirigíamos al laberinto del gatopardo en el que todo cambia para que todo siga igual. La salida al laberinto es que la izquierda conjure su patrón divisionista y se apreste a configurarse como una opción auténticamente transformadora y diferenciada del ente bicéfalo de la derecha. Esto es, que sea capaz de sumar a sectores de la sociedad mexicana que, pese a demandas y reivindicaciones cada vez más diversificadas y complicadas de agregar, comparten un malestar común: éste no es el país que queremos. 

Jóvenes y derecho a la ciudad



Alejandro Encinas Nájera

En el artículo anterior planteé que los jóvenes no sólo representan un sector de gran peso en términos demográficos y económicos, sino que tal como lo demostraron recientemente, tienen la capacidad de alterar drásticamente el curso de la narrativa política. Sin embargo, todavía sus voces no están siendo del todo escuchadas al momento de trazar los rumbos de nuestra sociedad.

Precisamente la efervescencia de formas no convencionales de participación ciudadana es resultado de la aspiración de las juventudes de participar en la toma de decisiones a través de un diálogo intergeneracional en condiciones equitativas e innovadoras. De ahí parte la necesidad de instaurar un nuevo paradigma en el quehacer público. Su construcción precisa de un basamento teórico sólido y vigente. En el derecho a la ciudad podemos encontrar el punto de partida.

El derecho a la ciudad es la posibilidad de construir colectivamente una ciudad en la que se pueda vivir dignamente, reconocerse como parte de ella, y donde se posibilite la distribución equitativa de diferentes tipos de recursos y servicios públicos: trabajo, salud, educación, vivienda, recursos simbólicos, participación y acceso a la información. Para el especialista en el tema, Jordi Borja, todos estos derechos son indivisibles; si falla el respeto y la consideración de uno de éstos, entonces todos fallan.

Este concepto es oportuno en la medida en que es consustancial a la integralidad de las políticas públicas y la transversalización del tema joven a lo largo de todo el ámbito social. Con el ánimo de alentar el debate y la reflexión, a continuación se esbozan diez ejes de una potencial plataforma para alcanzar la ciudad que queremos.

1. Una política innovadora e integral.- Se deben reemplazar las políticas y las instituciones que segregan y encasillan el tema juvenil. En su lugar podría establecerse un diseño semejante al Gabinete Joven, figura con éxito probado en gobiernos locales como el de Santa Fe, Argentina. Se trata de abordar los temas de las juventudes en términos de transversalidad.

2. Ciudad del conocimiento.- Hoy en día la globalidad económica, cultural y social se pone en marcha a través de los circuitos de la sociedad de la información. Son tiempos que ofrecen grandes oportunidades para el desarrollo y la interconexión entre las regiones y las localidades. Para no quedarse al margen, las ciudades tienen que estar preparadas e incorporar las nuevas infraestructuras. En el Distrito Federal los beneficios de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) tan sólo han favorecido a una minoría. Esta brecha digital tiende a ampliar otras desigualdades sociales. Por ello es necesario democratizar y hacer gratuito el acceso y la capacitación en el manejo de Internet y otras tecnologías.

3. Sustentabilidad y justicia intergeneracional.- Hay que transitar a un nuevo tipo de convivencia con el medio ambiente y los recursos naturales que permita su aprovechamiento productivo y sustentable con una visión de justicia intergeneracional, para que las juventudes de mañana puedan acceder a su disfrute. Nuevos espacios verdes, la reforestación de los existentes, el detenimiento de la mancha urbana, la educación ambiental y el fomento a la agricultura urbana y las azoteas y muros verdes, deben ser elementos presentes en esta plataforma.

4. Movilidad urbana.- En la Ciudad de México se pierden diariamente 3.3 millones de horas-hombre por el tráfico, lo que equivale a 33 mil millones de pesos al año. Esta situación provoca pérdida de competitividad y compromete la sustentabilidad del proyecto metropolitano. Para remediarla se deben fomentar medios de transporte no motorizados, expandiendo a otras zonas de la ciudad las rutas del sistema Ecobici y los carriles reservados a los ciclistas. El DF tiene que convertirse a la brevedad en una ciudad amigable con el peatón, que sea disfrutable caminarla, generando campañas de concientización entre los automovilistas y confinando más calles para uso exclusivamente peatonal.

5. Ciudad segura y amigable con los jóvenes.- Sin duda éste es un tema que angustia a las juventudes capitalinas de todos los estratos. En su relación con la seguridad, sobrellevan un doble conflicto: por un lado, son presas de robos y otros delitos; por otro lado, son estigmatizados por los cuerpos policiacos, los cuales los criminalizan por el sólo hecho de ser jóvenes. Para abordar el primer problema, hay que profundizar la agenda de políticas sociales y redistribución del ingreso que tan buenos resultados ha brindado. En segundo lugar, los cuerpos policiacos y los órganos persecutores tienen que ser capacitados y sensibilizados en temas juveniles.

6. Economía y empleo: la oportunidad del bono generacional.- En la Ciudad de México 1 de cada 3 personas tienen entre 15 y 29 años de edad. Si bien el bono demográfico debería constituir una palanca para el crecimiento económico, si se dilapida, tal como está ocurriendo, puede convertirse en un grave problema de gobernabilidad y estabilidad económica en el mediano y largo plazo. En las generaciones emergentes se desenvuelve una paradoja: al tiempo que cuentan con mayor preparación escolar y un acceso a la información muy por encima de las generaciones que las precedieron, tienen una menor expectativa de encontrar un empleo acorde con su nivel profesional. Se puede atender esta problemática a través de medidas tales como: incentivos a las empresas que se inscriban a programas de primer empleo; un programa mediante el cual se dé seguimiento a jóvenes desde sus estudios y que culmine con su colocación en el campo laboral; potencializar la oferta laboral del sector servicios, en especial de las profesiones vinculadas con la sociedad del conocimiento.

7. Ciudad policéntrica: En las delegaciones centrales de la ciudad se concentran los servicios sanitarios, fuentes de trabajo, centros educativos y sedes de las tomas de decisiones no sólo de la Zona Metropolitana, sino incluso del país. Desde la Ciudad de México se debe impulsar decididamente la figura del gobierno metropolitano y del desarrollo regional. Esto con el fin de descentralizar la economía y las ofertas laborales generando una ciudad policéntrica en la que cada unidad territorial provea íntegramente condiciones de proximidad a sus habitantes en lo que se refiere a servicios públicos y centros de trabajo. Asimismo, es necesario replantear los términos del pacto federal para que la Ciudad de México reciba una compensación fiscal por asumir los costos de capitalidad, los cuales deberán ser invertidos en las zonas de mayor riesgo y rezago.

8. Espacio público y ocio no mercantilizado.- En el espacio público se construye ciudadanía, esparcimiento, se teje cohesión social e identidad comunitaria. Allí todos somos iguales con independencia de nuestra capacidad adquisitiva. Ante el clima de inseguridad y abandono del espacio público, la vida social y las actividades lúdicas entre las y los jóvenes se han trasladado a espacios privados, tales como los centros comerciales. La ciudad carece de una amplia oferta de ocio no mercantilizado para su población joven. Sin embargo, hay experiencias exitosas en la ciudad que deben replicarse, tales como las Fábricas de Arte y Oficios (FARO). Se trata de que el arte y la cultura, entendidas como un acto creativo y liberador, salgan a las calles y plazas públicas de la mano de las juventudes, para que éstas se reinserten en la convivencia social y recuperen el espacio público en sus barrios, pueblos y colonias.

9. Educación gratuita y de calidad.- Que el DF sea la entidad del país con el mayor nivel educativo y la mayor oferta, no es motivo de festejo. Todavía nueve de cada diez jóvenes que pretenden ingresar a una universidad pública no lo pueden hacer por falta de cupo. La ciudad está emplazada a multiplicar su oferta educativa a través de la apertura de planteles a nivel superior, lo cual puede lograrse planificando presupuestos plurianuales que fortalezcan la autonomía y viabilidad de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). El programa Prepa Sí ha disminuido en un 60% la deserción escolar. Por su alto nivel de efectividad, políticas públicas progresivas y universales como ésta, han de refrendarse. Además, debe procurarse que exista una vinculación efectiva entre los programas de estudio y las demandas del mundo laboral, al tiempo que se implementen programas que contribuyan a la colocación de los recién egresados en un trabajo digno. Lo anterior, siempre tomando en cuenta que la educación no sólo otorga herramientas de competitividad económica, sino que es también la vía para la realización y emancipación personal, por lo cual las artes y las humanidades son áreas del conocimiento que deben ser revalorizadas.

10. Ciudad de vanguardia y de derechos sociales.- En los últimos quince años el DF se ha afianzado como un bastión del progresismo; por los nuevos derechos sociales conquistados, nuestra ciudad se ha vuelto un referente para Latinoamérica y el resto del mundo. Sin embargo, en materia de derechos humanos es imposible escribir un punto final; siempre habrá un largo camino por andar. Todavía no se alcanza una auténtica equidad de género en ámbitos públicos y privados como el laboral, el ingreso, la participación política, la formación escolar y la atención a los hijos. Asimismo, el acceso a la prestación de servicios públicos de calidad y la exigibilidad de derechos son asimétricos en razón de la clase social y el lugar de residencia. En efecto, prevalece una discriminación inaceptable hacia diversos grupos sociales, misma que puede ser agravada por variables como edad, género, preferencia sexual, capacidades diferentes y posición económica.

Éstas, junto con otras tantas, son las asignaturas pendientes para alcanzar la ciudad que queremos.
@A_EncinasNajera

Juventudes: Hacia un nuevo paradigma



Alejandro Encinas Nájera

Si bien las personas entre 15 y 29 años de edad conforman alrededor de la tercera parte de la población total y representan un sector crucial en materia económica, cultural y política, cuando se analiza la repartición de las cargas y beneficios entre las generaciones, puede constatarse cuán rezagadas se encuentran las juventudes. Aunque las problemáticas nacionales son generalizadas a todas las edades, los jóvenes las padecen de manera más lacerante.

La falta de espacios públicos que contrapongan a la lógica de la economía dominante un tipo alternativo de ocio no mercantilizado en el cual se vigoricen el arte y la cultura como tejedoras de cohesión social; la incapacidad del sector educativo para atender la demanda de ingreso, secundada por políticas fiscales regresivas que favorecen la proliferación de escuelas particulares, sobre todo en nivel medio-superior y superior; la estigmatización cultural que cargan los jóvenes, que va de catalogarlos como sujetos conflictivos, hasta criminalizarlos sólo por el hecho de ser jóvenes; la cruenta guerra entre las Fuerzas Armadas y sicarios del crimen organizado, en cuyo primer frente se libra una batalla de jóvenes matándose entre sí, y, no menos grave, la pauperización del mercado laboral que condena a las nuevas generaciones no sólo a que vean canceladas sus oportunidades de ascenso social, sino también a que no puedan siquiera mantener el nivel de vida que sus padres les heredaron, son algunas de las piezas que conforman un rompecabezas de difícil solución.

En contraparte, el enfoque imperante en el país para atender las problemáticas de las juventudes es deficiente al menos por dos razones: en primer lugar, encasilla y segrega a este sector de la población, y por lo tanto es incapaz de atender sus múltiples problemáticas como componentes de una misma totalidad. En términos coloquiales, se suele pensar que por crear un Instituto de la Juventud, se da por zanjada la deuda con las juventudes, recordando aquella frase célebre por su cinismo: si no quieres resolver un problema, crea una comisión.

En segundo lugar, dicho enfoque concibe a las juventudes como un sector vulnerable, es decir, como un objeto al que hay que atender a través de programas de carácter asistencialista y tutelarlo para que no camine por la senda de las conductas antisociales. Para colmo, es patente el desdén de los políticos tradicionales hacia las juventudes. Muestra de ello es que en varios congresos del Poder Legislativo hay una comisión que amalgama asuntos que poco tienen que ver como juventud y deporte. Fue por pudor que no agregaron a las tareas de esta comisión la frase “y demás asuntos sin relevancia para nosotros”.

Esta oferta institucional contrasta con el papel protagónico que han ejercido los jóvenes en la escena pública, teniendo como epicentro participativo el DF. Se trata de una nueva realidad generacional que ha llegado para quedarse. Los acontecimientos recientes de efervescencia participativa juvenil precisan de un correlato: las instituciones públicas y los gobiernos están emplazados a cambiar abruptamente de paradigma.

Es claro que por su genética el PRI está incapacitado para emprender tal cambio. En efecto, los jóvenes que no acepten incorporarse a los anacrónicos mecanismos de corporativismo –que serán la mayoría– tendrán que afrontar un sexenio repleto de complicaciones provenientes de que Peña Nieto y los suyos los catalogan como porros, o en el mejor de los casos, rebeldes sin causa. Para ellos, la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo.

Por su condición de capital, y porque es una de las principales cunas de las gestas ciudadanas y de la emergencia de la sociedad civil organizada, la Ciudad de México se ha constituido como un contrapeso político al gobierno federal. Aquí, desde que inició en 1997 el ciclo de gobiernos progresistas, se ha dado muestra de que se pueden hacer las cosas de modo distinto. Respecto a las complejas y diversificadas demandas de las juventudes, lo que ahora hay que preguntarse es ¿qué diferenciaría a un gobierno progresista en el nivel local, frente a la involución autoritaria en el plano nacional? ¿Cómo puede la Ciudad de México, una vez más, colocarse a la vanguardia en materia de derechos y formular políticas públicas acordes a las realidades juveniles?

El alcalde de la provincia de Santa Fe, Argentina, Hermes Binner, quien además abanderó al Frente Amplio Progresista en las últimas elecciones presidenciales, ha dado mucho de qué hablar con su hacer. Este gobernante comprendió claramente la complejidad del tema juvenil al plantear que La integración de los jóvenes no se logrará señalando sus déficits (...). Se conseguirá asumiendo nuestra responsabilidad, que no es hacer por ellos, sino convocándolos a hacer y a ser parte de la solución de los problemas. Por eso, no queremos confinarlos a un espacio sólo para jóvenes, sino invitarlos a participar como verdaderos protagonistas de todos y cada uno de los espacios de nuestro gobierno”.

La actualización de los contenidos y ofertas políticas, implica transitar a un paradigma en el cual las juventudes se asuman y sean asumidas como sujetos de derechos con mecanismos de exigibilidad y como agentes predilectos del cambio social. Este nuevo enfoque plantea que la deliberación de los asuntos públicos tiene que ser una responsabilidad compartida entre múltiples generaciones en condiciones de equidad, desterrando en tal diálogo los prejuicios adultocéntricos. Como resaltan en un artículo a tres manos Aram Barra, Cecilia García y Jocelyn López, “el objetivo es lograr construir un marco que permita generar cambios significativos y duraderos en la situación de las y los jóvenes en nuestros países, y en los modos de visualizar y atender las problemáticas que las juventudes enfrentan”.

Recapitulando, la integralidad de las políticas públicas y la transversalización del tema joven a lo largo de todas las áreas del quehacer social, son los conceptos centrales de una potencial plataforma de las y los jóvenes por su derecho a la ciudad. En la próxima entrega, plantearé diez puntos con el fin de colaborar a alentar el debate para su construcción. No está de más decir que si dicha plataforma pretende generar un respaldo generalizado y volverse referente para otras ciudades de vanguardia, necesariamente tendrá que deliberarse colectivamente. 

@A_EncinasNajera