jueves, 1 de marzo de 2012

Alternativas educativas


Alejandro Encinas Nájera

En el último artículo expuse una propuesta que ilustra nítidamente la política de Felipe Calderón en materia educativa. En resumen, a través de su programa de “becas”, al tiempo que desdeña las universidades públicas, pretende transferir la responsabilidad educativa a particulares a través de un negocio triangulado con algunos bancos, en el que los estudiantes terminarán financiando al sector privado mediante la adquisición de créditos educativos que en la mayoría de los casos degenerarán en deudas impagables. Lejos de ser una ocurrencia aislada en su último año de gobierno, se trata de la materialización de una concepción del papel del Estado prescrita por la ortodoxia neoliberal.

Indudablemente, el análisis comparado de las propuestas y políticas públicas que las distintas fuerzas políticas nacionales plantean, contribuye a rebatir la idea de que todos los políticos son iguales y que las ideologías han perecido. También nos ayuda a desmontar el pesimismo propio de quienes sostienen que llegue quien llegue a la presidencia de la República, las cosas seguirán igual o peor.

¿Qué es entonces lo que distingue a la izquierda de la derecha en este tema? Para responder esta pregunta, no basta con enfocarse exclusivamente en las propuestas de Andrés Manuel López Obrador. Han de considerarse, por igual, las acciones emprendidas cuando al bloque progresista le ha correspondido ser gobierno, así como sus planteamientos desde un sector fundamental para los equilibrios políticos y la gobernabilidad en una democracia: la oposición.

El diagnóstico

La educación es, por definición, el gran el homologador social. Es la apuesta que los países con los más elevados niveles de bienestar han suscrito para alcanzar estándares igualitarios entre su población. En contraste, es desalentador observar la cobertura educativa en México: sólo el 81% logra culminar la secundaria y un 62% ingresa a la educación media superior. De éstos, únicamente el 28 % llegará a la educación superior.

Cada año alrededor de 300 mil aspirantes a ingresar a una universidad pública son rechazados. Por ejemplo, en el ciclo escolar 2010-2011, de los 170 mil 558 candidatos a ingresar a la UNAM, sólo 16 mil 170 fueron aceptados. Esto quiere decir que año tras año, al 90 por ciento de los jóvenes aspirantes a cursar una carrera les es negado culminar con su preparación profesional. Responsables de esto han sido los gobiernos incapaces de afrontar la realidad demográfica del país. Así, la intención de una multitud talentosa de jóvenes por formarse y ser productivos en beneficio de la sociedad, es eclipsada por la frustración y la exclusión.

Según cifras oficiales, los despectivamente denominados ninis ya son más de siete millones. Sus alternativas se limitan a la economía informal, la migración y, en las regiones más olvidadas del país, la única oferta disponible es reclutarse en uno de los dos bandos de la llamada guerra “en contra del narco”, la cual en cinco años le ha quitado la vida a más de 60 mil mexicanos.

¿Qué tal si en vez de invertir en armas, el gobierno invirtiera en escuelas? Supongamos que en vez de aniquilar la energía de toda una generación en una guerra que ha causado tanto sufrimiento, le apostamos a la educación. ¿Qué les parece que los jóvenes porten lápices en vez de fusiles? A Calderón parece no interesarle estas ideas surgidas de la lógica elemental. En tanto su gobierno aumentó en 11 por ciento el presupuesto de seguridad para 2012, el de la UNAM tan sólo aumentó en 3.56% y el de las becas PRONABES en 0.07% con respecto a los egresos del año 2011.

Propuestas alternativas

En el Nuevo Proyecto de Nación se asume como “una responsabilidad del Estado la universalización del derecho a la educación en todos los niveles, desde el preescolar hasta la universidad”. Para ello, en este documento el bloque progresista se compromete a asegurar “la gratuidad, disponer de infraestructura y materiales educativos suficientes, pero también, dotar a los estudiantes de los apoyos en transporte, uniforme, alimentos, becas y, en caso necesario, albergues para que ninguna condición económica (...) dificulte el acceso, permanencia y egreso satisfactorio en cada nivel educativo”.

En síntesis, la propuesta central del candidato presidencial del Movimiento Progresista es 100 por ciento de cobertura educativa. Se tiene que hacer valer de una vez por todas el derecho universal a la educación pública, laica, gratuita y de calidad. No es inventar el hilo negro; es cumplir con la responsabilidad del Estado consagrada en el artículo 3ro constitucional. Lo anterior, lejos está de oponerse a la educación privada o pretender asfixiar la iniciativa de los empresarios. Más bien, es una cuestión de justicia distributiva y equidad.

¿Qué ha hecho la izquierda en materia educativa cuando está en el gobierno?

Estos planteamientos seguramente darán pie a que algunos polemicen: propuesta populista, irrealizable, carente de un sustento demostrativo. Frente a tales posturas, una respuesta: es algo que ya se ha hecho.

Cuando López Obrador fue Jefe de Gobierno se crearon 16 preparatorias públicas y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En la actualidad, uno de los programas más exitosos del GDF es Prepa Sí. A finales de 2011, más de 550 mil jóvenes habían recibido un apoyo mensual que va de los 500 a los 700 pesos mensuales, según el rendimiento académico del estudiante, sólo por el hecho de estar inscrito en una preparatoria pública. El programa tiene entre sus logros la reducción del 60 por ciento de la deserción escolar. Prepa Sí cumple con el objetivo que se plantea al coadyuvar a que los estudiantes no se vean impedidos a culminar sus estudios del nivel medio- superior por restricciones económicas.

... y lo que se ha logrado desde la oposición

En México no hemos llegado a dimensionar lo fundamental que es contar con oposición, sobre todo en tiempos en los que campea la corrupción, la impunidad y la vocación antipopular de los gobernantes. La oposición, cuando es auténtica, acota los excesos, denuncia los abusos y vigila al gobernante. En la tradición anglosajona a esta contrapartida se le conoce como el gabinete sombra. Sin oposición no hay democracia o, dicho de otro modo, precisamente porque hay oposición es que la democracia cobra sentido.

A la oposición en México le sobran defectos y es muy aplicada en la materia de incongruencias. No obstante, en algunas coyunturas determinantes su influencia ha generado aportes invaluables. Su movilización fue decisiva para impedir que la tentativa calderonista de privatizar el petróleo a lo largo del primer trienio de su administración no prosperara. Y es que 40 centavos de cada peso del gasto público provienen de las rentas del petróleo. Entre otros estragos, la transferencia del petróleo a manos privadas hubiera implicado aniquilar la educación pública.

Por otra parte, hay fervientes opositores a que esta oposición algún día se vuelva gobierno. Su rostro principal es Elba Ester Gordillo, dirigente vitalicia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, quien hoy en día representa el obstáculo más poderoso para reformar el sistema educativo. Diversos estudios académicos han demostrado que en 2006 ella orquestó un operativo electoral. El fin era que por ningún motivo López Obrador llegara a la Presidencia. ¿Por qué? Al menos por dos razones, ambas vinculadas al tema educativo. La primera de ellas es que este candidato se negó a negociar y por lo tanto la maestra sabía que sus privilegios se esfumarían. El segundo motivo es que el bloque progresista es partidario de democratizar los sindicatos respetando plenamente su vida interna. En suma, la estructura autoritaria y corporativa que hoy detenta Gordillo, habría llegado a su fin: se instauraría una nueva era en el magisterio y por tanto, en la educación pública de México.

En conclusión

Al discurso desalentador que fomenta la inmovilización de la ciudadanía porque “todos los políticos son iguales” (no por casualidad promovido hasta el cansancio a través de los grandes consorcios mediáticos), hay que contrarrestarlo con este tipo de ejercicios. Es así como se evidencian las diferencias de forma y de fondo entre las distintas opciones que contienden en este año electoral. El análisis comparado tiene que considerar tanto las acciones del pasado, como las propuestas para el futuro. Frente al discurso hueco, debate; frente a la difamación, información; ante la polarización bélica, concordia y diálogo; ante el marketing y el telepronter, inteligencia e imaginación.

martes, 21 de febrero de 2012

Las “becas” de Calderón

Al menos desde las reflexiones de Gramsci se ha constatado reiteradamente la capacidad que los regímenes políticos poseen para fabricar un consenso, o bien reproducir la hegemonía de una ideología a través de los medios de comunicación y de un sistema educativo que desde temprana edad inculca a los estudiantes la falsa idea de un orden social natural, inevitable e incluso conveniente. Inmersos en un año electoral decisivo para el rumbo del país, desmontar tal hegemonía y lograr que un programa alternativo permee en las mayorías, constituye un desafío fundamental para el triunfo del bloque progresista. En este sentido, la izquierda tiene que aclarar cuáles factores son los que la distinguen del continuismo conservador representado por el PRI y el PAN. Uno de los campos en donde se librará esta batalla de ideas, tendrá que ser, en definitiva, el que respecta a las políticas educativas. Y aquí las diferencias son completamente notorias.

A inicios de este año, Felipe Calderón anunció la puesta en marcha del Programa Nacional de Financiamiento a la Educación Superior. En la opinión pública se generó la impresión de que era un programa de becas, pero en realidad consiste precisamente en lo contrario, es decir, el otorgamiento de préstamos con altos intereses.

El propósito es destinar 2 mil 500 millones de pesos para créditos educativos para 23 mil jóvenes que lleven a cabo sus estudios en universidades privadas. Tales créditos pueden alcanzar hasta 215 mil pesos para licenciatura y 280 mil pesos para posgrado. Tendrán que saldarse en un plazo que no supere los 15 años y medio, con una tasa de interés fija del 10 por ciento. Dicho programa cuenta con la participación de bancos como Santander, HSBC, Afirme, Banorte, Bancomer y de veinte planteles de educación superior privada, algunos de ellos de carácter confesional, entre los que se encuentran el ITESM y las universidades Anáhuac, Panamericana y la Jesuita de Guadalajara. El gobierno participa a través de Nacional Financiera y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Del monto total de cada crédito, 80 por ciento lo pone el gobierno y el 20 por ciento restante los bancos, los cuales administran tales recursos y por tanto se quedan con las comisiones y rentas que de esta actividad deriven.

Sus promotores argumentan que tales préstamos ayudan a democratizar el acceso a la educación superior en la medida en que los jóvenes que no acceden a la universidad pública y privada por falta de cupo o de recursos puedan hacerlo. Calderón asegura que las escuelas privadas otorgan educación de calidad y una sólida formación profesional. Agrega que con este programa las empresas obtendrán una fuerza laboral mucho mejor capacitada y personal altamente calificado.

Lo que no dicen es que ésta ha sido la vía que otros países han recorrido para privatizar de facto la educación y estrangular presupuestalmente a las universidades públicas. Los estragos son evidentes en EUA, cuya deuda estudiantil supera los 995 millones de dólares. Expertos en el tema como Andrew Ross anticipan que uno de cada cinco estudiantes será perseguido por impago en el corto plazo. Otro caso semejante es Chile, país que ha sido sacudido en los últimos meses por protestas estudiantiles que por su magnitud y fuerza han dado la vuelta al mundo y puesto en jaque al gobierno neoliberal de Sebastián Piñera.

Tampoco dicen que el objetivo subterfugio de dicho programa es transferir dinero público a los bancos y financiar a las universidades privadas. Omiten señalar que el Estado abdica a una de su responsabilidades fundamentales: la educación deja de ser un derecho universal. Para recibirla, primero el estudiante ha de ser calificado como sujeto de crédito por una institución bancaria. De tal modo, mientras las universidades públicas son incapaces de cubrir la demanda debido a una dolosa y calculada asfixia presupuestal, los estudiantes se ven obligados a ingresar a universidades privadas. La educación superior se vuelve entonces una mercancía, cuando no un privilegio exclusivo para quienes puedan pagarla.

Mucho menos admiten que el costo de una licenciatura en las universidades que participan en este programa puede llegar hasta los 700 mil pesos, es decir, alrededor de cuatro veces el monto máximo del crédito.

Cuando el Estado renuncia a garantizar el derecho a la educación, las familias que en la mayoría de las ocasiones apenas y tienen para librar el día a día, asumen los costos. Los egresados, si es que logran encontrar un trabajo armónico con sus expectativas y preparación, arribarán cargando una inmensa deuda en sus espaldas. Tendrán que invertir cuando menos el 30 por ciento de su ingreso mensual para saldarla. Algunos especialistas han denominado a este financiamiento como una confiscación salarial. Un ejercicio realizado por el diario El Economista, detectó que un crédito de 215 mil pesos, con tasa de 10 por ciento a un plazo de 10 años, generaría intereses por 349,233 pesos. Por lo tanto, la deuda al término del plazo sería de 564,233 pesos. Esto quiere decir que el estudiante estaría pagando más del doble del monto recibido como préstamo para su educación.

Por si fuera poco, el desdén a las universidades públicas prolonga e impone la dependencia tecnológica que hemos contraído con el extranjero. En la actualidad, en México alrededor del 80 por ciento de las investigaciones en ciencia y tecnología son realizadas en instituciones públicas mediante financiamiento gubernamental.

Es preocupante que un sector neurálgico para el desarrollo, como lo es la educación superior, no represente para Calderón otra cosa que un suculento negocio para bancos y empresas privadas, el cual, para colmo, se financia hipotecando el futuro de los estudiantes. Bajo este contexto, que un joven vote por la derecha es equivalente a que un obrero respalde a su patronal opresora, un campesino a su capataz, una mujer a la dominación patriarcal o que un integrante de la comunidad LGBT delegue a un homofóbico la defensa de sus derechos. Este comportamiento electoral no es producto del masoquismo o la autoflagelación, sino más bien de la falta de conciencia. ¿Con qué elementos debe contar una política educativa de izquierda que claramente se diferencie de la orientación actual y despierte el entusiasmo de las mayorías? A ello me referiré en la próxima entrega.

Un pacto para esta coyuntura electoral

De manera ascendente, tanto en México como en la mayoría de los países que han alcanzado un grado relativo de democratización, los partidos políticos están dejando de ser esas organizaciones capaces de agregar intereses y representar las pulsiones que habitan en las sociedades.

En primer lugar, las realidades son cada vez más complejas en la medida en que se diversifican las identidades y por tanto las demandas y expectativas de la ciudadanía. Muchas veces tales demandas son contradictorias e incompatibles entre sí, por lo cual se imposibilita su articulación en un programa coherente. De ahí que los partidos pretendan correrse al centro, es decir, al vacío ideológico. El contenido es entonces sustituido por frases de marketing político y jingles pegajosos, con lo cual pretenden atraer a todos los sectores de la sociedad. La inmensa mayoría de los partidos le compraron a un extraño impostor la ilusión del fin de las ideologías. La secuela es que al final del día, todos los partidos terminan por asemejarse mucho: en el afán de representar a todos, no representan a nadie.

En segundo lugar, cada día se hace más amplia la brecha que existe entre los partidos y la sociedad. Tan es así, que en la vida cotidiana la gente ve en los partidos algo completamente ajeno, repulsivo y de lo que no quieren saber nada. Es más, se ha enaltecido una dicotomía un tanto exagerada que concibe a los partidos como focos de corrupción, burocratización e ineficiencia, en oposición a una ciudadanía impoluta y subsumida por estas organizaciones parasitarias. Lo cierto es que en el caso de los partidos políticos mexicanos la teoría de la jaula de hierro de las oligarquías, elaborada por Michels a inicios del Siglo XX, cobra vigencia. El poder es visto por las élites políticas como un fin en sí mismo y no como un medio para sacudir el estado de cosas. Cómodamente instalados en los círculos del poder, la gran mayoría de los políticos dan la espalda a la ciudadanía y se concentran exclusivamente en la reproducción y ampliación de sus cotos a través de negociaciones cupulares e intercambios de prebendas.

En tercer lugar, ahora los partidos no están solos. Ante el empuje de una sociedad civil revitalizada, se han visto obligados a competir por la representación de demandas con un inmenso archipiélago conformado por movimientos sociales, ONGs y demás agrupaciones que van desde las organizaciones de barrios con reivindicaciones muy concretas, hasta las redes trasnacionales de activismo político.

En recapitulación, las realidades en México han cambiado, la ciudadanía ha avanzado (aunque no lo suficiente), pero los partidos no. Como resultado, el voto duro por convicción, no por clientelismo, es raquítico; alrededor de la mitad de los registrados en el padrón electoral no acude a las urnas y quienes llegan a hacerlo en plena libertad de conciencia, no votan por un favorito sino por el menos peor. Es decir, para evitar un mal mayor no votan a favor de alguien, sino en contra del resto, o bien, anulan su voto.

Esta crisis es grave y hasta a veces se antoja insalvable. Sin embargo, hay que insistir en que es prácticamente imposible hablar de democracia sin hablar de partidos; por diversas razones de peso en las cuales aquí no profundizaré, son componentes indispensables en las sociedades democráticas contemporáneas. Sólo diré que los partidos son demasiado importantes como para dejárselos a los políticos de siempre.

Si damos por válidos los anteriores enunciados, lo importante es entonces preguntarnos, ¿qué podemos hacer para enmendar la crisis de legitimidad y confianza por la cual atravesamos? ¿Cómo ir cerrando la brecha que distancia a los partidos de los ciudadanos? Estas preguntas bien pueden no contestarse por la derecha. Su lógica conservadora la predispone a que prevalezca el status quo. Pero para los partidos y personas de izquierda que reivindican la democratización en la toma de decisiones y en la arena pública en general, abrir un debate en torno a estos desafíos es algo obligatorio y urgente.

Lo es más bajo esta coyuntura electoral, en la cual el PRD está cometiendo muchos errores y evidenciando la insensibilidad propia de quienes alguna vez fueran luchadores sociales y ahora se encuentran encerrados entre cuatro paredes negociando cotos para sus corrientes con contrapartes impresentables. El mundo a su alrededor se cae a pedazos, las bases repudian los mecanismos elitistas. Mientras tanto, ellos no mueven un solo centímetro su modo de proceder. No se han dado cuenta del huracán llamado castigo electoral que se avecina.

A pesar de tanta inercia, se puede empezar a hacer algo. Eso sí, a contracorriente. Se trata de impulsar un nuevo acuerdo entre los sectores más concientizados de los partidos de izquierda y la ciudadanía crítica y movilizada. Para arrancar este diálogo, pongo a consideración dos puntos, de los cuales podría detonar una agenda temática mucho más extensa.

El primero de ellos es impulsar que los partidos dejen de producir tanta publicidad gráfica, la cual deviene en basura electoral que deteriora el entorno urbano y genera un efecto contradictorio al esperado: en vez de atraer al ciudadano a votar por determinado candidato, andar por ciudades repletas de publicidad provoca irritación y hartazgo. Los candidatos deberán comprometerse a reducir al mínimo el uso de inmobiliario urbano para la colocación de su material de campaña. La idea que hoy impera, y algo de razón hay en ella, es que un candidato sin publicidad se vuelve invisible ante la saturación del resto de sus contrincantes. Al final, se piensa que quien tiene más dinero para repletar las calles y no el que tiene las mejores propuestas es el que lleva las de ganar. Esto no puede ser así. Por eso el presente acuerdo se complementa con el compromiso de las organizaciones de la sociedad civil de tipo vecinal, temático, estudiantil, etc., de fomentar y generar espacios de encuentro tales como foros temáticos, debates y reuniones para que los candidatos a un cargo de elección popular presenten su propuesta y la pongan a consideración de los asistentes. En este sentido, los medios de comunicación, desde los periódicos locales hasta los grandes consorcios, tendrían que comprometerse de una vez por todas a cubrir todas las campañas de manera equitativa.

El segundo de ellos pasa por reconocer que si bien los partidos son elementales para mantener en pie una democracia, también lo es el hecho de que difícilmente puede crear democracia quien no vive o funciona democráticamente. Por eso es fundamental demandar que sea a través de mecanismos de consulta popular, ya sean elecciones primarias, encuestas auditables realizadas por casas de renombre, honestas y profesionales, o elecciones abiertas a la ciudadanía, como se definan las candidaturas que contenderán en este año electoral. Las designaciones exitosas tanto de Mancera para buscar la Jefatura de Gobierno, como de López Obrador para ganar la Presidencia, deben servir como ejemplo. Es lamentable que en el PRD se escuchen posturas que apuestan a la imposición o al dedazo. Frases propias de las famiglie siciliane como “el respeto al territorio ajeno es la paz”, o la idea de que las corrientes que tienen secuestrado el aparato partidista deben imperar sobre los perfiles más competitivos, se han escuchado en los pasillos de las negociaciones a lo largo de los últimos días. Las voces que al interior se alzan en rebeldía son escasas, puesto que muchos apuestan por el acomodo o el premio de consolación. Por eso es indispensable que la sociedad civil ponga manos a la obra.

Difícilmente los dos puntos que aquí se tocan –y los que de ellos se deriven–, podrán consolidarse por medio de la clase política que ha sido responsable de que nos encontremos en este atolladero. Por el contrario, urge una renovación ética y generacional de las izquierdas partidistas que sepa recuperar lo mejor de las luchas que la precedieron. De eso hablaremos en otra ocasión.

martes, 7 de febrero de 2012

De Generaciones

¿Cuáles son los elementos que distinguen a una generación? ¿Acaso son los íconos culturales, las ideas políticas de la época, los eventos históricos, la música de moda o las tendencias artísticas? Indudablemente los acontecimientos compartidos desde la infancia, pasando por la juventud, infunden una marca de por vida. Esa marca es lo que constituye a una generación y se corrobora en cada guiño de complicidad entre sus integrantes, en cada relato de los años mozos y en cada remembranza de experiencias comunes. Cuando viejos amigos se reúnen, hasta la experiencia más ordinaria cobra una narrativa epopéyica.

En la película Media noche en París (Midnight in Paris, 2011), Woody Allen retrata lo contrario: el anhelo o nostalgia de toda generación por haber pertenecido a otra. Pero la contradicción es sólo en apariencia, pues subsiste la añoranza por otros tiempos y la evocación de un pasado glorioso que nunca más habrá de volver. El protagonista de esta película es el romántico guionista norteamericano Gil Pender (Owen Wilson), quien realiza un viaje que prometía ser de lo más aburrido con la familia de su esposa a París. Deambulando por las calles de aquella ciudad, la fantasía del protagonista se vuelve realidad cuando suenan las doce campanadas nocturnas. Es ahí cuando puede viajar en el tiempo a la década de los veintes, época de esplendor cultural de la capital francesa. Compartirá entonces una serie de veladas bohemias con sus héroes artísticos y literarios, que van desde Hemingway, Dalí y Buñuel, hasta Pablo Picasso o los Fitzgerald. Para el colmo, estos presuntos afortunados de vivir tiempos gloriosos externan su insatisfacción por no haber pertenecido a la generación de la Belle Époque de la última década del Siglo XIX, a lado de personajes como Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin.

Lo que comparten los viejos amigos del primer párrafo con el planteamiento de Woody Allen es la idea de que todo pasado fue mejor. Esta reiteración no es novedad. “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”, decía Sócrates (470-399 A.C). "Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los jóvenes ya no escuchan los consejos de los viejos, el fin de los tiempos está cerca", vaticinaba Caldeo aproximadamente en el año 2000 antes de Cristo. “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible” refunfuñaba Hesíodo por ahí del Siglo VII A.C.

Del mismo modo, en la actualidad es lugar común tildar desde una visión “adultocéntrica” a quienes nacieron entre finales de los sesentas y principios de los ochentas como la generación X, caracterizada por su apatía, rebeldía conformista e inmovilidad. O más despectivo aún, a quienes nacieron en los ochentas e inicios de los noventas como la generación Nini, pues ni estudia ni trabaja, ni gozará de una vejez pensionada. Finalmente, a los que nacieron arrancado ya el Siglo XXI, se les ha nombrado los I-Kids. Son aquéllos concebidos con el chip digital integrado, cuya interacción social se efectuará con una máquina de por medio.

No es de sorprenderse que las generaciones que han elaborado estas clasificaciones, cuando se refieren a la suya lo hagan en tono reivindicativo. Las identidades en tales casos son positivas: la generación del 68, o a quienes correspondió arrancar la apertura democrática, o quienes en las aulas universitarias se formaron con orgullo en la teoría marxista. Son generaciones que nos presumen que albergaban la esperanza de un mundo justo, en donde las ideas ejercían una fuerza impresionante. El panorama se completa mediante el contraste de aquellos años con la actualidad: hoy –aseguran–, todo es fugaz, incierto, toda certidumbre se desvanece, todo compromiso es líquido. Hemos montado un altar al individualismo y las juventudes permanecen alienadas por la sociedad de consumo e indiferentes a los temas públicos. Bajo esta interpretación del curso de la historia, muchos jóvenes de izquierda desde luego envidiaríamos haber vivido en tales años, cuando los referentes tenían la talla de un Salvador Allende, un Fidel Castro o un Olof Palme y se luchaba por ideas y no por cuotas de poder; cuando en los partidos de izquierda se era guevarista, maoísta o trotskista y no chucho o bejaranista.

El conflicto entre generaciones es una realidad que data de siglos. Desde los jóvenes tiranos de Sócrates hasta la criminalización actual de los jóvenes sólo por el hecho de ser joven, la incomprensión o la ausencia de disposición para comprender al otro, a lo diverso, provoca que estereotipos o simplificaciones se asuman como verdades. El ejemplo más contundente de esta ruptura es la música: son escasas las personas mayores de 50 años que no piensen que la música electrónica es ruido en su estado más destilado, o que sienta un auténtico goce al escuchar el disco The King of Limbs de Radiohead. Tal ejemplo puede extrapolarse a otros campos como la política y la socialización. ¿Somos los jóvenes en verdad apáticos, o más bien los conceptos y categorías tradicionales son obsoletos para comprender las nuevas realidades?

Haríamos bien en desmitificar las añoranzas de un pasado glorioso, poner en tela de juicio los diagnósticos que pasan acríticamente por válidos y comenzar a reivindicar nuestro presente. ¿Qué tal si invertimos los supuestos? Ello conllevaría a asumir a la generación de nuestros padres como una formada en la ortodoxia y cuyos preceptos y utopías fueron tristemente derruidos con el muro de Berlín. Sería desmentir que nosotros nos quedamos en la orfandad ideológica y los brazos caídos en un mundo unipolar. Sería rebatir que no somos la generación de la apatía y de la incapacidad por amalgamar causas colectivas, sino la del escepticismo y la duda razonada, la que no acepta recetas ni paraísos prometidos y que tiene la responsabilidad de trazar, desde la incertidumbre de la heterodoxia, su propio porvenir.




·Publicado en La Silla Rota

martes, 10 de enero de 2012

Presentación de la Agenda Joven para la Regeneración Nacional

Participación en el Foro de Morena-je con Andrés Manuel López Obrador

Pachuca, Hidalgo, 9 de enero

Alejandro Encinas Nájera


Presentación de la Agenda Joven para la Regeneración Nacional

Pachuca, Hidalgo, 9 de enero

Alejandro Encinas Nájera

Compañero Andrés Manuel López Obrador

Compañera Luisa Alcalde

Compañeras y Compañeros:

Queremos dedicar la Agenda Joven para la Regeneración Nacional a todas las juventudes en resistencia, pero sobre todo a las y los jóvenes que ya no están con nosotros, porque han sido víctimas de la violencia y la crueldad desatada en el país.

En México habemos alrededor de 33 millones de jóvenes, representamos la tercera parte de la población. Pese a nuestro peso demográfico, nuestras voces y reivindicaciones no están siendo escuchadas al momento de delinear el rumbo por el cual camina nuestra sociedad.

Es claro entonces que sólo a través de la organización podremos visibilizar e impulsar nuestras aspiraciones. Pero no basta con organizarnos, también hay que reflexionar y proponer un programa de transformación. Pensamiento sin acción es estéril, y acción sin pensamiento carece de sentido.

De ahí parte el esfuerzo colectivo de elaborar esta Agenda. Somos las y los jóvenes quienes tenemos el derecho y la responsabilidad de definir nuestras luchas, reivindicaciones y anhelos. No vamos a estirar la mano al gobierno para ver qué migajas nos tocan. Los derechos de las juventudes no son negociables. Debemos asumirnos de una vez por todas como sujetos de derechos exigibles y garantizados por la ley.

Nuestras propuestas se dividen en 5 ejes: 1) Inclusión de las juventudes, 2)Vida Digna, 3) Paz Justa, 4)Trabajo decente y educación gratuita y de calidad y; 5) Arte y Cultura.

-Nuestro proyecto aspira a que la deliberación de los asuntos públicos sea una responsabilidad compartida entre múltiples generaciones en condiciones de equidad. Esto sólo es posible a través de la democratización en la toma de decisiones

-Vamos por una auténtica equidad de género en todos los ámbitos públicos y privados como el laboral, el ingreso, la participación política, la formación escolar y la atención a los hijos. Además, se deben combatir desde la raíz las múltiples causas que generan la violencia de género, en especial, la inaceptable omisión y silencio por parte del gobierno federal. ¡Ni un feminicidio más en México!

-También nuestra Agenda reivindica que nunca más una mujer pise la cárcel o sea violentada por ejercer el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

-Reconocemos que los derechos sexuales y afectivos son derechos humanos incuestionables. Todas las personas independientemente de su orientación sexual o identidad de género tienen el derecho a vivir su sexualidad de manera libre, responsable, placentera y exenta de violencia. Es por ello que no hay motivos para que el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de éstos no se reconozca legalmente a nivel nacional.

-Es urgente replantear el modo en que se aborda el problema de las drogas. Hay que transitar de una visión punitiva y policiaca a un modelo de prevención, disminución de riesgos y apertura al diálogo, en el que no se estigmatice a las y los consumidores.

-Por otro lado, vivimos en la Era de la Información. Sin embargo, los beneficios de la tecnología, tan sólo han favorecido a una minoría. Peor aún, la brecha digital tiende a ampliar otras desigualdades sociales. Por ello, es necesario democratizar y hacer gratuito el acceso a Internet y la capacitación para manejar las nuevas tecnologías de la comunicación.

-Prevalece una deuda histórica con las y los jóvenes indígenas, sobre todo en lo que respecta a sus lenguas, valores, identidad, formas de organización y de gobierno y sobre todo en el reconocimiento de la propiedad de sus tierras. Por eso exigimos el cumplimiento irrestricto de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar.

-Planteamos un nuevo tipo de convivencia con el medio ambiente y los recursos energéticos que permita su aprovechamiento productivo y sustentable con una visión de justicia intergeneracional para que las juventudes del mañana puedan acceder a su disfrute.

-En cuanto a la mal llamada guerra en contra del narcotráfico de Calderón, es fundamental recordar que somos las y los jóvenes quienes estamos siendo los más afectados. Esta tragedia nacional no es condena ni destino colectivo y pronto va a cambiar. Si para la derecha somos la estadística de la muerte o los daños colaterales, en la República Amorosa seremos la vida. Ahí florecerá la dignidad y el reconocimiento mutuo.

-Ahí los jóvenes portarán lápices en vez de fusiles. El servicio militar dejará de ser obligatorio y será reemplazado por trabajos comunitarios en los que las y los jóvenes formaremos brigadas de alfabetización y llevaremos servicios básicos a las comunidades con mayor marginación.

-Sabemos que sin memoria no hay paz ni justicia. El Estado deberá reconocer los abusos de autoridad y violaciones a los derechos humanos que se han cometido en los últimos años. Además, deberá ofrecer disculpas públicas a la sociedad mexicana y resarcir el daño a las víctimas de la violencia.

-Por otra parte, sostenemos que para combatir el gravísimo problema de los excluidos del trabajo, no basta con crear empleos: estos tienen que ser dignos y decentes. Hay que combatir la precarización laboral, los empleos de media jornada, el pago por hora y la terciarización y en contraparte garantizar la equidad de oportunidades en lo relativo a la inserción, remuneración y derechos laborales.

-Y por último un tema fundamental. Proponemos que el Estado haga valer de una vez por todas el derecho constitucional a la educación pública, gratuita, universal de calidad y laica en todos sus niveles. Para ello, se tiene que dar prioridad a la construcción de planteles educativos y universidades en las zonas de más alta marginación y violencia en el país.

Compañero Andrés Manuel López Obrador:

Lo que menos pretende el documento que hoy hacemos de tu conocimiento es presentarse como una propuesta acabada. Por el contrario, es apenas un punto de partida, un detonante a la espera de creatividad, solidaridades y propuestas. Se trata de nutrir y enriquecer este esfuerzo a través del diálogo en los barrios, pueblos, preparatorias, universidades, centros laborales y demás lugares en donde se encuentren jóvenes convencidos de que las cosas tienen que cambiar. Tenemos que retomar lo mejor de las luchas que nos precedieron para constituirnos hoy en los agentes predilectos para la transformación social.

Como dice Eduardo Galeano, “Aunque no podemos adivinar el tiempo que

será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea.” Y en Morena-je estamos organizándonos para hacer del porvenir que

soñamos una realidad. Estamos indignados, y tenemos proyecto.