martes, 10 de julio de 2012

Los conteos distritales: lo que tienes que saber




Alejandro Encinas Nájera

Que nadie adelante vísperas. No está dicha la última palabra. Hay que exigir a Calderón, Peña Nieto y magistrados de una desconcertante irresponsabilidad  como Alejandro Luna, que respeten las instituciones y los tiempos electorales. Esto es, que no den por consumados hechos que aún están en curso y que no declaren ganadores prematuramente.

El artículo 116 del Cofipe ordena que tres días después de celebrarse la jornada electoral (o sea, hoy) se rectificarán las inconsistencias que pudieran consignarse en las actas electorales, sean producto de error o dolo.  Mientras lees estas líneas, miles de ciudadanos y personal del IFE instalan los consejos distritales para efectuar el cómputo de los resultados registrados en las actas de las casillas de las elecciones para presidente, diputados y senadores. Como detalla Alejandra Lajous, en los consejos, además de un funcionario del IFE, hay seis consejeros electorales y representantes de todos los partidos políticos. Los partidos llevan a dicha reunión sus respectivas actas. Ahí, una por una, se confrontan los resultados de las actas, y si no coinciden o son notorias posibles alteraciones, se abren los paquetes con las boletas y se cuentan uno por uno los votos de la casilla dudosa. Todo esto se realiza en sesiones abiertas, así que quien quiera asistir, está a tiempo y tiene todo el derecho de hacerlo.

Todas las cifras que hasta ahora conocemos, desde las tremendamente “equivocadas” encuestas que daban un abismo de ventaja a Peña Nieto, hasta los conteos rápidos, el PREP y las encuestas de salida, carecen de validez legal. Será hasta que finalicen los conteos distritales cuando conoceremos los resultados oficiales. Y la cosa no termina ahí. En ese momento el IFE le pasa la estafeta al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el cual tiene la responsabilidad de resolver todas las impugnaciones de los competidores, pero sobre todo deberá verificar que las distintas etapas del proceso electoral hayan transcurrido con equidad, certeza, transparencia e imparcialidad. Una vez que haya culminado esta larga y sinuosa cadena de etapas, se declara la validez o no de la elección.

Por lo pronto, el Movimiento Progresista ha detectado que de las 143 mil casillas que se instalaron el pasado domingo, cuando menos 113, 855 actas tienen inconsistencias. Para depurarlas, la ley contempla la reapertura de los paquetes electorales durante las jornadas de los cómputos distritales. Estas irregularidades no necesariamente implican dolo o alteración ventajosa, pues pueden derivarse de un error o descuido humano. Es fundamental aclarar en qué consiste la diferencia:

¿Qué es una inconsistencia aritmética? El investigador José Antonio Crespo detalla que en cada acta hay varios campos de registro que deben coincidir entre sí, llamados rubros fundamentales: 1)Total de ciudadanos que votaron (CV) 2)Total de boletas encontradas en la urna al término de la jornada (BEU) y 3)Votación total emitida (VTE). Cualquier diferencia aritmética entre estos rubros, podría indicar la existencia de votos irregulares, es decir, que faltan o sobran injustificadamente.

No se puede asumir siempre que un error aritmético sea un error de cómputo, el cual implica la presencia de votos irregulares, pues la no coincidencia aritmética entre los rubros fundamentales podría ser resultado de una equivocación, una distracción o una cifra mal anotada. En estas circunstancias, los datos disponibles permiten dar una explicación lógica al error y corregirlo. En cambio, el error de cómputo ocurre cuando no se encuentra explicación lógica de la inconsistencia. En tal circunstancia se daña la certidumbre del resultado. La ley de impugnación electoral en su  artículo 75 (F) señala como una de las causales para anular la votación en una casilla: “Haber mediado dolo o error en la computación de votos, siempre que ello sea determinante para el resultado de la votación.” En términos jurídicos es irrelevante si la anomalía fue resultado de actos de mala fe como la introducción o extracción de boletas a favor de un candidato, o un acto no intencional en el conteo de votos, pero que aún así empaña el resultado de la elección.

Otras causales para abrir los paquetes electorales durante los conteos distritales son: Que la diferencia entre el primer y el segundo lugar sea menor al 1% y así lo solicite el segundo lugar; Que todos los votos depositados sean a favor de un mismo partido; Que el número de votos nulos sea mayor a la diferencia entre los candidatos ubicados en el primero y segundo lugares en la votación; Que existan inconsistencias evidentes en los elementos de las actas, salvo que puedan corregirse con otros a satisfacción plena de quien solicite; Que no existiera acta de escrutinio y cómputo en el expediente de la casilla, ni obrara en poder del presidente del Consejo, y; Que se detecten alteraciones evidentes en las actas que generen duda fundada sobre el resultado de la elección en la casilla.

Para caer en cuenta de la relevancia que tienen los conteos distritales, cito el siguiente ejemplo: En la casilla ubicada en la sección 5614 en el municipio de Cuautitlán, Estado de México, el PREP reportó que hubo una participación ciudadana del 235 por ciento. Siendo esto imposible, ahí mismo se aclara que esta casilla no ha sido contabilizada. Será sólo a través de la apertura del paquete electoral, como sabremos qué fue lo que ahí sucedió; si acaso embarazaron la urna, o fue un error de quienes anotaron los resultados en las actas.

A todos, conviene –incluido quien hoy se da por ganador–, que se le impriman a estas elecciones la máxima transparencia y certidumbre. En democracia sólo las urnas confieren legitimidad. Por eso es inaceptable que voces coléricas y reaccionarias clamen que se acepte sin cuestionamientos los resultados que hasta ahora se conocen. Como tuiteó, @ClouthierManuel (retuiteado por 2302  tuiteros al cierre de este artículo), “Lo chistoso de este país es que el que defiende sus derechos es prepotente, berrinchudo, loco, etc. Pero el que pisotea los derechos no!”

Vendrán tiempos en los que las fuerzas que integran el Movimiento Progresista habrán de tomar definiciones políticas y jurídicas, así como elegir el rumbo a seguir. Pero durante los próximos días, dejemos que hablen las actas...y los votos.

IFE: ¿Hora de confiar, o de colaborar?



Alejandro Encinas Nájera

Enfocaré este artículo –el último previo a la jornada electoral– a enunciar una serie de argumentos que contribuyan a refutar un discurso hueco y simplón que cada vez que la izquierda tiene posibilidades de ganar, sale a relucir y que ya lo tienen muy bien memorizado.

Me refiero al discurso promovido hasta el cansancio por el bloque conservador, según el cual la izquierda mexicana no respeta las instituciones, denuncia fraude cuando el resultado no le es favorable y socava la confianza de nuestros organismos democráticos. Su argumento prosigue señalando que es momento de confiar en el Instituto Federal Electoral, el cual tendrá la palabra definitiva. Esto último, es lo realmente preocupante.

La confianza ciega y la postura acrítica son propias de regímenes autoritarios. En cambio, para mejorar su desempeño, una democracia precisa de ciudadanos escépticos, críticos, que no entreguen la estafeta a las instituciones públicas y acto seguido, asuman una actitud pasiva. La ciudadanía en las democracias contemporáneas debe constituirse como un vigilante que tenga bajo la lupa a los encargados de echar andar las instituciones. Un ciudadano comprometido, lejos de delegar y desentenderse, exige transparencia y rendición de cuentas.

Si confiáramos nomás por confiar en las instituciones, no habría necesidad de leyes como la de transparencia y rendición de cuentas, ni mucho menos existirían las contralorías, auditorías y fiscalías. Es más, ni siquiera habría necesidad de constituir una división de poderes y la prensa libre sería una excentricidad. No obstante, ya desde el Siglo XVIII, pensadores como Montesquieu nos advertían que no era sano confiar y delegar, que lo crucial era auditar al poder para evitar abusos y corruptelas.

La derecha, tanto el PRI como el PAN, nos pide que confiemos en las instituciones, como si fuera una cuestión de fe. Desde su punto de vista, se trata de entes inmaculados y puros, quizás extraterrestres, y no lo que en verdad son: organizaciones que fueron creadas y son reproducidas día con día por mujeres y hombres de carne y hueso.

De lo que no se han dado cuenta, es que la llamada crisis de representación, o desafección democrática, precisamente reside en el hecho de que la confianza ciudadana en las instituciones ha ido drásticamente a la baja. Según las cuentas del Latinobarómetro, sólo el 3.8% de los mexicanos se siente muy satisfecho con su democracia, mientras que el 72% manifiesta estar insatisfecho. Esto en vez de alarmarnos, debe entusiasmarnos. Si el desempeño de las instituciones no es el óptimo, estaríamos todavía peor si los ciudadanos creyéramos en éstas. Por el contrario, esta ciudadanía crítica e inconforme puede representar el germen de una democracia más robusta.

Es necesario aclarar que las instituciones son la cristalización de la correlación de fuerzas que prevalecía en el momento de su origen. Así, éstas abonan a que esa correlación de fuerzas que fijó un pacto fundacional, prevalezca en el tiempo y se reproduzca a través de pautas, reglas, comportamientos, rutinas y estructuras. Desde luego, las instituciones no son inmunes al paso del tiempo y al cambio en las sociedades, es decir, entran en procesos de reforma.

Los cambios en materia de organización electoral dan prueba de ello. En 1988, el secretario de Gobernación aún era el presidente de la Comisión Federal Electoral. Todo lo concerniente con elecciones se procesaba en los despachos de Bucareli. Esa realidad comenzó a cambiar ante la pluralización y las protestas de ciudadanos que cuestionaban que el gobierno fuera juez y parte en un tema tan crucial. Hoy el IFE es un organismo completamente autónomo. Este proceso fue gradual, lento, imperfecto, sufrió regresiones, pero al final se logró el cometido. Omiten decir el PRI y el PAN que la izquierda jugó en ello un papel determinante. En pocas palabras, la autonomía del IFE y su sofisticado diseño institucional, no podrían entenderse sin la participación permanente de la izquierda en un proceso que duró años.

Esa debe ser una lección a seguir en esta coyuntura. A unos días de las elecciones, el planteamiento no debe ser “vamos a confiar en el IFE”. Semejante postura equivale a dejarle a un solo organismo una tarea que por su relevancia nos corresponde a todos. La democracia requiere una actitud mucho más proactiva: “vamos a colaborar con el IFE” para que tengamos comicios libres y equitativos. Y no sólo con el IFE, sino con los 140 mil presidentes de casilla, sus secretarios y escrutadores, que generosamente aceptaron cumplir con su deber cívico.

Colaborar es indispensable. Más en nuestros días, pues hay fuerzas políticas influyentes que aún se resisten a aceptar sin restricciones que la democracia es the only game in town (el único juego posible), y que pretendan alterar la voluntad ciudadana con todas las alquimias e ingenierías de mapaches acuñadas y perfeccionadas durante los tiempos de la hegemonía priísta. Ya sabemos cómo opera la estructura electoral de Elba Ester Gordillo, la cual se enfoca en zonas marginadas, conflictivas o de difícil acceso, y madruga para sustituir funcionarios de casilla. También sabemos que los gobernadores priístas tienen metas que cumplir y que movilizarán el voto a través de la compra, coerción o clientelismo.

Por eso resulta hasta sarcástico el discurso de devoción institucional por parte de estos actores. Alaban al IFE, se asumen como los templarios de la democracia, algunos se inmolan en términos metafóricos, al punto de evocar a Juan Escutia y envolverse en la bandera de la democracia, para posteriormente minar la institucionalidad democrática con sus acciones. La misma doble moral, la misma simulación tan viva en el pasado como en el presente.

Este primero de julio no hay que confiar, sino colaborar con el IFE y con los cientos de miles de mexicanos encargados de las casillas. ¿Cómo? Lo más importante es salir masivamente a las urnas, como nunca antes se haya visto en la historia de este país. Esto permitirá neutralizar los operativos de quienes pretendan distorsionar la voluntad popular y garantizará que sea exclusivamente el voto de los mexicanos el factor que determine los resultados. La segunda es que aquéllos que aceptaron ser observadores o representantes de casilla, cumplan con su tarea. Lo más importante es tener copia de todas las actas para estar preparados para los conteos distritales. Será un día largo y cansado, no exento de tensiones. Pero tal esfuerzo vale, cuando lo que está en juego es la defensa de lo que hasta ahora nuestra democracia ha alcanzado.

miércoles, 20 de junio de 2012

¿Haiga de ser como haiga de ser?



Alejandro Encinas Nájera


Comienzo lanzando una pregunta al sentido común. Suponiendo que es cierta la encuesta del Excélsior que ubica a López Obrador en tercer lugar, o la de Milenio –la cual al paso que va, culminará dándole 103 puntos porcentuales a Peña Nieto–, ¿no es curioso que la guerra sucia del PRI y del PAN se dirija hacia el candidato menos competitivo? ¿No sería “pasarse de lanza”, o bien, actuar con rudeza innecesaria?

Un temor recorre los cuartos de guerra de Peña Nieto y Vázquez Mota. La opción progresista ha encendido focos rojos. Por más que ciertas encuestas coloquen a Andrés Manuel en tercer lugar, la estrategia de ambos candidatos conservadores los delata: es evidente que es el rival a vencer.

El ejemplo más contundente del empleo de la guerra sucia lo ofrece un spot cuya responsabilidad recae en los candidatos a diputados y senadores del PAN (ver en: http://youtu.be/n-EzIc4TJXE). Haciendo uso de una manipulación insultante a la inteligencia de los electores, el spot extrae y descontextualiza un fragmento de un discurso de López Obrador pronunciado en Tlatelolco: “la vía armada una posibilidad para lograr la transformación de los pueblos”. A continuación la frase completa: “(...) a quienes piensan que la vía armada es una posibilidad para lograr la transformación de los pueblos. Pero aquí quiero dejar de manifiesto, que con todo respeto a quienes piensan de esa manera, nosotros sostenemos de que vamos a luchar siempre por la vía pacífica y por la vía electoral”. Como aquí se constata, el candidato de las izquierdas planteó precisamente lo contrario a la vía armada.

En toda democracia es necesario el contraste. Por esta razón, la crítica y el argumento que cuestiona o que acusa con fundamento, no han de tomarse como guerra sucia. Más bien, este término se refiere al empleo de la calumnia, la difamación o la distorsión informativa, como elementos para inhibir la intención de voto hacia alguno de los contendientes. La guerra sucia no le habla a la inteligencia; se dirige a la dimensión emotiva de las personas para despertar pulsiones de odio o miedo. En la guerra sucia no hay lugar al debate y la interpelación; el adversario se torna enemigo, sus argumentos no se oyen, y se le habrá de vencer haiga sido como haiga sido.

Pareciera que la herida que se abrió tras la polarización electoral de 2006 no dejó moraleja alguna entre quienes mandan en este país. Los círculos más poderosos aún temen una decisión democrática y buscan disuadir a los ciudadanos de tomar una elección desde su libertad de conciencia. Como apunta el profesor del Colmex, Lorenzo Meyer, la guerra sucia sigue un patrón: el temor provoca que se dirija la atención colectiva a la supuesta amenaza y debilita la capacidad del individuo a razonar y asimilar la información. El individuo pierde tolerancia, se sustenta en estereotipos y desarrolla animadversión a todo aquello que le es diferente. El discurso del miedo apela a las emociones negativas y los temores para ahogar los argumentos de una izquierda que se afirma como oposición institucional, pacífica y constructiva. Una izquierda que por cierto, este año ha lanzado un llamado urgente a la reconciliación nacional.

Lo más deplorable es la falta de imaginación y originalidad de quienes auspician la guerra sucia. Reciclan y vuelven estribillo los absurdos que se invocaban hace seis años. Su argumentación comienza esgrimiendo que el arribo de una alternativa distinta representa un peligro para la estabilidad política y la economía nacional. Se perderían empleos, se devaluaría la moneda, se incrementaría la deuda y serían ahuyentadas las inversiones. Se tilda al adversario como autoritario, populista, demagogo, mesiánico, irresponsable e irracional. Para evitar el descalabro nacional, la única alternativa disponible es ratificar el actual modelo económico de privilegios para una minoría y cargas para la inmensa mayoría.

La derecha está preocupada por el súbito repunte de AMLO. Para detenerlo, lanzan una proclama: ¡que cunda el pánico! La conducta que recurrentemente adoptan las fuerzas conservadoras resulta paradójica si no es que esquizofrénica: llaman a defender las instituciones de la democracia, al tiempo que con sus acciones minan su institucionalidad y el carácter democrático de la contienda.

La reacción virulenta del PRI en contra del movimiento universitario #YoSoy132, es prueba fehaciente de cómo pese a que el país ha cambiado, el PRI permanece petrificado en el siglo pasado. Siguen empleando una añeja estrategia para desarticular movimientos sociales, la cual puede sintetizarse en tres puntos:

1) Difamar, denigrar.- Así como en el 68 Díaz Ordaz acusaba que detrás de los estudiantes se incubaba una conspiración del bloque comunista cuyo propósito era ganar terreno en la Guerra Fría y desbancar al gobierno nacionalista y revolucionario, hoy el priísmo tiende a poner en entredicho la libertad de conciencia de quienes participan en el #YoSoy132 y la inmensa pluralidad ideológica que se alberga en su seno. Pretenden generar una percepción en la opinión pública basada en que detrás de este movimiento están sus rivales electorales. En tal intento, irónicamente han caído en el ridículo.
2) Infiltrar, reventar.- Cuando la primera acción no prospera, se pasa a infiltrar el movimiento para generar divisiones internas e incitar conatos de violencia, con lo cual se pretende que la sociedad civil les retire su apoyo y pasen a ser un movimiento marginal de “rijosos”, “violentos”, “intolerantes que no respetan las instituciones”, “ninis”, “rebeldes sin causa” y demás atributos heredados del lenguaje macartista. Es entonces cuando se hace un llamado a la autoridad para restablecer “el orden”.
3) Hostigar, intimidar.- Finalmente, cuando ninguna de las acciones anteriores prospera, se pasa a la agresión física y verbal. Haciendo uso de la violencia, se pretende disuadir la participación, atomizarla, que cada quien se vaya por donde vino. Los acarreados del PRI en el Estado Azteca, que entraron con cortesías, nos recuerdan a los peores tiempos del porrismo. Las agresiones físicas a miembros del #YoSoy132 en diversas partes del país, pretenden paralizar la movilización universitaria que puso en entredicho el triunfo de Enrique Peña Nieto.

Acierta Meyer cuando señala que “la desintegración de una forma autoritaria de control inevitablemente produce reacciones de miedo entre las élites que hasta entonces se habían beneficiado de ese modo no democrático de gobernar.” Hoy que el PRI ya no la tiene segura, muchos de los compromisos están en riesgo de no cumplirse. Y no me refiero a los que Peña Nieto prometió a la ciudadanía y firmó con notario presente, sino a aquéllos que en verdad le pesan: los de sus socios, inversionistas y patrocinadores. ¿Estarán contemplando los abogados de Peña Nieto demandar a Televisa por incumplimiento de contrato y viceversa?

Como se ha constatado en los párrafos anteriores, hay quienes esparcen miedo porque tienen miedo a una decisión democrática. Pese a todo, se acerca la hora de las urnas. El llamado es a votar desde la libertad de conciencia, sin miedo, con decisión e información. El llamado es a amarrarle las manos a los mapaches electorales, a sonreír porque vamos a defender el voto, a rechazar que los partidos lucren electoralmente con la pobreza y las necesidades apremiantes de amplísimas franjas de la población. El llamado es a que sea el voto de los ciudadanos –y sólo el voto de los ciudadanos– el factor que elija a los futuros representantes populares. El llamado es a seguir el ejemplo de las juventudes que despertaron colectivamente de un letargo que duró décadas. Ha llegado la hora de que la ciudadanía cambie el curso de nuestra historia.

El segundo debate



Alejandro Encinas Nájera

Sin sorpresas ni sobresaltos transcurrió el segundo debate presidencial. Para estos momentos ha quedado claro quién es quién y qué intereses y sectores de la sociedad representa cada uno de los contendientes. Estamos en el último tramo de estas campañas. Se acerca la cita con las urnas. Quedan poco más de dos semanas para cambiar el destino del país durante los próximos seis años. Ha llegado la hora de que los indecisos hagan sentir su presencia y marquen una irreversible tendencia electoral de cambio.

Los debates, como los partidos de fútbol, son un excelente pretexto para reunirse con familiares, amigos o incluso congregarse masivamente en alguna plaza pública y luego ir a festejar el triunfo al Ángel. Se viven quizás con la misma intensidad, con porras y abucheos, con polémicas y golpes bajos. Así como todo mexicano se vuelve un entrenador cuando juega su equipo favorito –sugiriendo cambios, tácticas y alineaciones–, también sale a relucir el asesor político que lleva adentro en el momento en que su candidato se enfrenta a la hora decisiva del debate. –¿Por qué AMLO no fue a la ofensiva? –Quadri debió haber dicho esto. –Josefina se vio desesperada. –Y Peña Nieto... a ese sí ni cómo ayudarle.

El formato del debate no fue tan acartonado como en ocasiones anteriores. En eso ayudó la moderación de Javier Solórzano, quien le inyectó frescura y dinamismo. Analizar el desempeño de los candidatos merece un punto y aparte.

Josefina. Según algunos sondeos, esta candidata se llevó la noche. Es curiosa la evaluación de la opinión pública. Si el candidato ataca, lo suelen tachar de rijoso y poco propositivo. Si no ataca, le recriminan no haber sacado los trapitos al sol y haberse visto muy light. Vázquez Mota optó por ir a la ofensiva. Mejoró mucho en cuanto al primer debate, pero cometió el error de dedicarle mucho tiempo a Quadri. Tanto se enfrascó con el pupilo de la maestra Gordillo, que hizo parecer que la disputa era por conservar el tercer lugar. Se le agradece, porque alguien se lo tenía que decir. Y lo puso en su lugar.

Por otro lado, llama la atención que su condición de mujer sea lo mejor que tenga que ofrecer. A ese inadmisible esencialismo hay que responderle que no basta con ser mujer, también hay que pensar como tal. De nada sirve para las mujeres que otras mujeres lleguen a espacios de decisión, si siguen reproduciendo los esquemas y las prácticas de dominación patriarcal. Y según sus spots, esta candidata tiene “los pantalones bien puestos”, frase acuñada desde el machismo más conservador. En cambio, desde la izquierda y el progresismo, todo hombre es un feminista consciente de que cuando una mujer avanza, no hay hombre que retroceda.

Gabriel. Las modas son pasajeras y perecen. Quadri no fue la excepción. En el primer debate  impactó por su capacidad retórica y por promover la falsa y populista dicotomía ciudadanos vs políticos. Para el segundo debate no ofreció nada nuevo, y cansó. En principio, ya se constató que éste no es un “candidato ciudadano” puro e inmaculado, sino un mercenario a sueldo cuya tarea es asegurar el registro –y con ello el presupuesto público– para el partido de Elba Ester Gordillo. Mucho cuidado hay que tener con aquéllos que pretenden lucrar políticamente denostando a la política. Este comportamiento antipolítico ha conducido a nocivos procesos que han llevado al poder a personajes como Fujimori en Perú o Berlusconi en Italia, ambos falsos outsiders. Al trillado discurso de la antipolítica pregonado desde el neoliberalismo, le ha de suceder una réplica: que como ciudadanos, la política y por ende la polis nos son consustanciales. No se trata de renunciar a lo público delegando tales decisiones a las fuerzas del mercado, sino por el contrario, reapropiarnos de ello, y desde ahí repensar y replantear una nueva forma de hacer política en cuyo núcleo resida la ética democrática.

Enrique. Si de algo se salvó Peña Nieto en ambos debates, es que nadie lo noqueó. Un candidato con pies y cuerpo de barro, es a lo sumo propenso a destrozarse ante los ataques de sus adversarios. Pero nadie en el debate dijo algo que no se supiera. A lo mucho, lo que pocos enterados sabían, ahora se expuso en cadena nacional. Pero a decir verdad, de los dos debates Peña Nieto salió bien librado. No fueron sus adversarios partidistas; fueron los universitarios, las inmensas marchas convocadas en su contra y el despertar colectivo, lo que está provocando la caída estrepitosa de quien hasta hace unas semanas se creía el próximo presidente. Así asistimos a un segundo debate en el que Peña Nieto se sintió arrinconado, presionado desde todos los frentes, tanto por sus socios e inversionistas, como por sus detractores. Ha tenido que hablar de democracia. Tantas veces la evoca que pareciera que la niega, la repele. Le sienta bien el dicho popular “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Andrés Manuel. Quien ha sido tantas veces señalado como rijoso e intolerante, no atacó en ninguna ocasión. Es más, el centro de su mensaje fue la reconciliación nacional. Su núcleo duro le reclamó no haber desenmascarado a Peña Nieto, contando con tantos elementos coyunturales y  contundentes como las revelaciones del periódico británico The Guardian en torno a la alianza de Peña Nieto con Televisa, o los actos de porrismo y acarreo perpetrados en el Estadio Azteca en contra de los estudiantes. Pero López Obrador prefirió en esta ocasión dirigirse a quienes se tenía que dirigir: a los indecisos, a quienes en este último tramo van a inclinar el fiel de la balanza. También hizo un llamado al voto útil, es decir, a los panistas y priístas de abajo que han sido igualmente perjudicados por la rapacería de los gobiernos neoliberales. Se le vio fresco, tranquilo y con mayor fluidez que en el primer debate.

Recapitulando, dime qué estrategia sigues y te diré en qué lugar estás. Quadri no tiene nada que perder y todo por ganar: cuarto lugar. Josefina pretende despedirse de manera decorosa de la contienda: tercer lugar. AMLO y Peña Nieto, cautelosos, reservados, sin tomar grandes riesgos, están en la disputa por la Presidencia. Las opciones están sobre la mesa: o regresión autoritaria y nostalgia por los tiempos del partido hegemónico, o darle la oportunidad a la izquierda para mostrar de qué está hecha, para replicar políticas exitosas que han potenciado las economías y la equidad en países como Brasil y sobre todo, para demostrar que en nuestra democracia no hay veto, exclusión y selectividad, y con ello dar por culminada nuestra transición y enfocarnos de una vez por todas en su consolidación.



sábado, 9 de junio de 2012

¡Gracias Peña Nieto!

Alejandro Encinas Nájera ¿Ya les conté la buena nueva? Enrique Peña Nieto no va a ser presidente. Se ha derrumbado el mito. Ese mito según el cual su triunfo era inevitable y las elecciones un mero trámite o ritual legitimador con ganadores y perdedores predeterminados. Ellos creían que 2012 sería un apacible día de campo, pero hoy, al igual que Yuri, maldicen la llegada de “La maldita primavera”. Hoy vemos a muchos priístas que hasta hace unos días sonreían arrogantemente, postrados e incapaces de comprender las irrupciones de ciudadanía por doquier. La disputa por la Presidencia va en serio. ¿Pueden imaginar cuántos poderosísimos intereses, inversiones, negocios y dádivas están en riesgo ante la eventual derrota de Peña Nieto? Eso explica su nerviosismo y, por ende, la larga serie de errores garrafales que esta coalición de intereses ha cometido en las últimas semanas. El dinosaurio está herido. Y cuando lo hieren, da coletazos muy fuertes. Ha arrancado la reedición de la guerra sucia en contra de López Obrador. Saben que caballo que alcanza, gana. Y en la última recta el tabasqueño les viene pisando los talones. Vendrán semanas muy duras, de muchos ataques y golpes bajos. Pero el contexto es totalmente distinto al de 2006: López Obrador y su equipo ya aprendieron que no hay que desestimar los ataques, difamaciones y calumnias, sino que deben ser respondidos puntual y categóricamente. Más importante aún es el papel que ahora juegan miles de mexicanos a través de las redes sociales, constituyéndose como un vital contrapeso a la monopolización de la información por parte de dos consorcios mediáticos. A estas alturas del partido, la competencia se ha cerrado a dos: López Obrador y Enrique Peña Nieto. Es acertado vaticinar en el comportamiento de los electores una proclividad al voto útil. Según una encuesta publicada en Reforma, si la elección sólo fuera entre estos dos candidatos (como en los hechos lo es), el 46% de los seguidores de la rezagada Josefina Vázquez Mota favorecería con su voto a Andrés Manuel López Obrador. De ahí la notoria desesperación de Peña Nieto, quien en últimas fechas se ha dedicado a recibir en sus filas supuestos refuerzos que requieren de oxígeno para sobrevivir. Me refiero a personajes de lo más variopintos como Vicente Fox, Manuel Espino, Rosario Robles, Ruth Zavaleta, Lía Limón, René Arce y otros tantos de cuyo nombre prefiero no acordarme. En la coalición de intereses que postula a Peña Nieto todos caben: desde la extrema derecha, hasta políticos provenientes de la militancia izquierdista completamente desacreditados. ¿A qué se debe todo esto? ¿Qué es lo que está pasando? México está despertando. En efecto, se sacudieron fibras sensibles en el momento en que los universitarios tomaron las riendas del proceso político. Por paradójico que pueda llegar a sonar, las emocionantes jornadas democráticas que han estremecido al país en las últimas semanas se las debemos en gran medida a Peña Nieto, a los poderes fácticos y al PRI. El despertar fue una reacción colectiva ante afrentas y burlas desmedidas. Por eso hay que agradecerles. Gracias Enrique, porque por tus excesos, frivolidad, desplantes autoritarios y miopía para comprender las nuevas realidades, infundiste motivos para que la indignación atomizada comenzara a articularse. Gracias Televisa y Tv Azteca por haberse excedido en su soberbia y arrogancia, pensando que los mexicanos íbamos a comprarles su tv novela. Gracias también a Carlos Salinas y compañía, por equivocarse en su cálculo y en vez de postular a un egresado de Harvard, adoctrinado en el neoliberalismo y servil a agendas políticas ajenas, nombraron a alguien con las mismas creencias pero muy corto en su preparación: a un producto de la mercadotecnia con pies de barro que no ha sido capaz de hilar dos ideas coherentes fuera del script. Hay que agradecer también a Elba Ester Gordillo por su apoyo descarado al ex gobernador mexiquense. Gracias a los políticos del viejo régimen, porque si acaso existía el riesgo de que se desinflaran la movilizaciones, ellos obsequiaron declaraciones que infundieron nuevos motivos para seguir en pie de lucha. Gracias Niño Verde porque al calificar a los participantes del #YoSoy132 como ninis, nos dibujaste una radiografía precisa de toda una concepción política y social que profesan tus aliados. Y por sobre todas las cosas, gracias Vicente Fox por ser como eres.

La vocación internacionalista de la izquierda

Alejandro Encinas Nájera La izquierda reivindica su vocación internacionalista porque es humanista y sostiene que toda vida, independientemente de las coordenadas en las que se desenvuelva, tiene el mismo valor y la misma dignidad. En otras palabras, ser de izquierdas implica solidarizarse con quienes resisten en cualquier parte del planeta. Estas luchas se entrecruzan, son paralelas, se hermanan. Lo mismo hay que alzar un grito demandando paz justa en el Medio Oriente, que demandando comicios libres en Egipto o en Bielorrusia; tan importante es preocuparse por el crecimiento dramático de la extrema derecha en Europa, que por la persistencia del olvido por parte de la comunidad internacional a aquéllos que viven bajo un sol desértico en los campos de refugiados saharauis. Por más distante que se encuentre geográficamente, no nos es ajena la sistemática violación de derechos humanos por parte de una dictadura militar en Burma, como tampoco lo fue el repudio cuando cerca de nuestro país, en Honduras, un golpe de Estado derrocó a un presidente democráticamente electo. Y también hay que celebrar nuestros triunfos. La ola que pintó de distintos matices de izquierda la región latinoamericana nos entusiasma al igual que el reciente triunfo de Hollande en Francia. Tan hermanados y mutuamente influyentes son estos procesos, que los claveles del lejano Túnez acaban de desembarcar en México. La izquierda en el ámbito internacional debe estar guiada por el principio de la solidaridad e integración de los pueblos y luchar en contra de toda política neocolonialista. Por si esta postura ética por sí sola no fuera razón suficiente, hay que reparar en que la globalización ha replanteado la geometría del poder. Los Estados han desarrollado un elevado nivel de interdependencia y los pueblos cada vez se encuentran más interconectados entre sí. Prueba de ello fue la crisis hipotecaria de 2009, originada en EUA, pero que causó los mismos o peores estragos del otro lado del mundo. Autores como Habermas refieren que la globalización ha traído como resultado una constelación posnacional. Hoy es más claro que nunca que el destino político de los pueblos y comunidades ya no pueden ser entendidos en términos nacionales exclusivamente. Desde que los riesgos globales son indivisibles, los destinos colectivos se hallan estrechamente conectados. La conciencia global se ha desarrollado bajo el reconocimiento de que somos interdependientes, pues nos enfrentamos a riesgos compartidos. Temas como el SIDA, el flujo de los recursos financieros, el tráfico de drogas, la internacionalización del crimen, la guerra, la seguridad internacional, los problemas ambientales contemporáneos y la migración, están provocando que el poder político efectivo trascienda las fronteras nacionales y sea compartido por diversas fuerzas regionales e internacionales. La izquierda debe plantear con mucha imaginación y vocación innovadora los entramados institucionales para hacer frente a los desafíos actuales. De no ser así, prevalecerán los poderes trasnacionales que se desplazan libremente a través de las fronteras del Estado-Nación causando estragos tras su paso. Son los poderes financieros y económicos –bancos y grandes corporaciones– quienes están determinando el tipo de integración en curso y el papel que le corresponde jugar a cada una de las regiones. Estos poderes, en vez de plantear soluciones concertadas a nivel global, están agravando la situación debido a su ambición insaciable. A tal punto se ha llegado, que hoy, ante los riesgos del cambio climático y los elevados niveles de pobreza, se habla de una crisis civilizatoria. Ante poderes trasnacionales que pregonan por un neoliberalismo a escala mundial, es necesario un contrapoder igualmente trasnacional. Hoy toda lucha de izquierda que se concentre exclusivamente dentro de las fronteras del Estado-Nación, es insuficiente si no es que está condenada al fracaso. En otras palabras, para enfrentar a los poderes globales, hay que internacionalizar las resistencias. La izquierda ha de articularse para otorgar a la globalización otro rostro. Si hoy las fuerzas que están detrás de este proceso son económicas, la izquierda debe recuperar la política y lo público. Hay que superar ese grave desfase entre una democracia que aún se encuentra confinada en los estados, mientras que las fuerzas sociopolíticas más poderosas escapan del control de tales unidades. Hay que destacar otra razón para refrendar la vocación internacionalista de la izquierda. Los poderes económicos, financieros y la derecha en general, funcionan de manera cohesionada, compacta y homogénea. Si encuentran a la izquierda fragmentada y aislada, no encontrarán obstáculo para implantar su proyecto. De ahí parte la importancia de fortalecer organizaciones como la Unión de Juventudes de la Internacional Socialista. Se trata de la organización juvenil más grande del mundo, pues aglutina a 150 organizaciones políticas de corte socialista, socialdemócrata y laborista de más de 100 países. Hoy es una organización de organizaciones hermanas. Quizás nadie mejor que el Che Guevara haya logrado cristalizar en una sola frase toda una concepción del papel de la izquierda en el mundo: “No somos amigos, no somos familiares, ni siquiera nos conocemos pero si a usted como a mí le indigna cualquier acto de injusticia que se comete en el mundo, entonces seremos compañeros.”